El lunes en Rosario arrancó con una imagen que mezcla lo absurdo con lo alarmante: empleados de Aguas Santafesinas caminando literalmente sobre una alfombra de camalotes en la superficie del río Paraná, justo frente a la toma de la planta potabilizadora. No era una foto de archivo ni una exageración periodística. Era la realidad de una ciudad de más de un millón de habitantes que, de golpe, se quedó sin agua.

El corte afectó a Rosario, Villa Gobernador Gálvez y Funes a partir de las 14 del lunes, y se extendió por aproximadamente una hora y media hasta que el operativo de emergencia logró despejar la obstrucción y reanudar el bombeo. Según Aguas Santafesinas (ASSA), nunca antes había ocurrido algo así: ni en volumen, ni en densidad, ni en el nivel de intervención que requirió.

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El operativo: quince personas, buzos y maquinaria pesada

Quince personas se desplegaron sobre la costa del Paraná para enfrentar la emergencia: buzos, operarios y conductores de embarcaciones que trabajaron en condiciones de visibilidad limitada para liberar la reja que impide el ingreso de residuos al sistema de potabilización. Se utilizaron embarcaciones, maquinaria pesada y maniobras de buceo en simultáneo. No fue una tarea sencilla ni rápida.

El bombeo se reanudó alrededor de las 15.30, según confirmó el medio regional Rosario3. Pero el restablecimiento pleno del servicio fue gradual: primero se activó la Estación B, ubicada en el barrio Arroyito, que abastece al 80% de la ciudad. Después le tocó el turno a la Estación C, que cubre la zona sur de Rosario y a los vecinos de Villa Gobernador Gálvez. La recuperación del caudal normal dependió del tiempo necesario para purgar las redes y estabilizar las presiones en todos los barrios, un proceso que se extendió a lo largo de la tarde.

Planta de Rosario

Embarcaciones de Aguas Santafesinas trabajaron junto a maquinaria pesada en la limpieza de la planta

No era la primera señal

El problema no apareció de la nada un lunes al mediodía. Durante el fin de semana ya se habían registrado bajas de presión en distintos barrios de Rosario, aunque el domingo a la madrugada la situación se había resuelto sin mayores consecuencias. Lo del lunes fue diferente: la acumulación de camalotes alcanzó una magnitud tal que las maniobras habituales resultaron insuficientes y la empresa tomó la decisión de interrumpir completamente el bombeo, una medida que calificó como "imprescindible" para garantizar la calidad y seguridad del servicio.

ASSA también recomendó a los usuarios estar atentos a posibles episodios de turbiedad una vez restablecido el suministro. La indicación fue dejar correr el agua unos minutos hasta que recuperara su transparencia habitual, y no almacenar ni consumir agua si se detectaba coloración inusual. Para consultas y reclamos, la empresa habilitó su WhatsApp (341-6950008) y su sitio web oficial.

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El contexto que la nota oficial no termina de contar

Aquí aparece el ángulo que merece atención. ASSA se encargó de aclarar que el corte del lunes no tiene relación con los problemas crónicos de baja presión que afectan a la zona sur de Rosario. Esas dificultades, explicó la empresa, se vinculan con la segunda etapa del Acueducto Gran Rosario, una obra en marcha cuyo objetivo es duplicar la capacidad de producción de agua y que, según los planes oficiales, podría estar terminada en septiembre.

Pero la pregunta que queda flotando es más estructural: ¿por qué la infraestructura de captación de agua de una de las ciudades más grandes del país no tiene un sistema de protección o alerta temprana que evite que una invasión de camalotes llegue a bloquear completamente la toma?

Los camalotes no son una novedad en el Paraná. Son una consecuencia directa de las variaciones en el nivel del río, de los cambios en la temperatura del agua y de la dinámica hidrológica de la cuenca, que en los últimos años se volvió cada vez más impredecible. El fenómeno del lunes puede haber sido "sin precedentes" en volumen, pero la presencia de vegetación flotante en el Paraná es un factor conocido, recurrente y que debería estar contemplado en los protocolos de operación de cualquier planta potabilizadora ribereña.

Dicho de otro modo: si esto pasó una vez con esta magnitud, puede volver a pasar. Y la pregunta válida para hacerle a ASSA y a las autoridades provinciales es qué medidas se van a tomar para que la próxima invasión de camalotes no vuelva a dejar sin agua a cientos de miles de personas.

El Paraná y el cambio climático: el elefante en la habitación

Vale la pena agregar una capa más de contexto. El río Paraná atravesó entre 2019 y 2023 la sequía más severa de los últimos 77 años, con niveles históricamente bajos que afectaron la navegación, la pesca y el abastecimiento de agua en toda la región. La recuperación del caudal que se registró posteriormente trajo consigo, entre otras consecuencias, una proliferación inusual de vegetación acuática como los camalotes, favorecida por las variaciones de temperatura y la mayor disponibilidad de nutrientes.

Lo que el lunes pareció un episodio aislado y pintoresco —empleados caminando sobre plantas flotantes frente a la toma de agua de Rosario— es en realidad una señal de algo más profundo: la infraestructura hídrica heredada del siglo pasado no fue diseñada para los extremos climáticos del presente. Y mientras esa brecha no se cierre con inversión y planificación real, este tipo de emergencias van a seguir siendo parte del paisaje.