Junio de 2024. Javier Milei entra por primera —y única— vez a la sala de conferencias de la Casa Rosada durante su mandato. No viene a hablar con la prensa. Viene a chicanear. Se acerca al periodista Fabián Waldman, de FM La Patriada, le estrecha la mano y le dice, con una sonrisa: "Vine a ver al domado". Esa escena resume, mejor que cualquier análisis, cuál es la relación del Gobierno libertario con el periodismo.

Dos años después, la situación no mejoró. Empeoró.

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86 tuits en un fin de semana: la ametralladora de X

Los números son elocuentes y vale la pena detenerse en ellos. Durante el fin de semana de Pascua, Milei publicó 86 tuits contra la prensa y republicó otros 874 mensajes originalmente emitidos por militantes libertarios, funcionarios o usuarios anónimos en el mismo sentido. En cuatro días. Contra periodistas, medios y profesionales a los que acusó de conspirar contra su gobierno.

No es un arranque aislado. Es una constante que se intensificó en las últimas semanas, al ritmo de las novedades judiciales que rodean al Gobierno: los avances en la causa $LIBRA por la presunta mega estafa, las investigaciones sobre el presunto enriquecimiento ilícito del jefe de Gabinete Manuel Adorni, y las acusaciones de corrupción en la ex Agencia Nacional de Discapacidad.

Para Milei, el diagnóstico es simple y lo repitió públicamente en la TV Pública: "el 95% de los periodistas son delincuentes y ensobrados". A los periodistas de TN Luciana Geuna e Ignacio Salerno, denunciados penalmente por presunto espionaje ilegal, los llamó "bauras repugnantes". A columnistas de LA NACION los atacó con insultos hace apenas días.

La Casa Rosada más cerrada desde 1976

El último episodio —la quita de la huella digital a más de 60 periodistas acreditados en Balcarce 50— no tiene muchos antecedentes en la historia reciente. Los más memoriosos recuerdan un único precedente comparable: los días posteriores al golpe militar de marzo de 1976, cuando el ingreso de la prensa a la Casa Rosada estuvo suspendido por unos días. Desde entonces, hasta ahora, nada similar.

La medida fue presentada como respuesta a una denuncia penal por presunto espionaje ilegal contra los dos periodistas de TN, tramitada por la Casa Militar, que depende de Karina Milei. Pero la sanción fue colectiva: todos los acreditados perdieron el acceso, sin distinción.

No es la primera vez que el Gobierno usa las acreditaciones como herramienta de presión. A principios de abril, ya había quitado el acceso a periodistas de El Destape, La Patriada, Ámbito Financiero, Tiempo Argentino, C5N y América 24, acusados de participar en un presunto complot orquestado por el Kremlin para difundir noticias favorables a Rusia. Las acreditaciones fueron devueltas recién la semana pasada.

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Las restricciones que se fueron acumulando

El cierre de la Casa Rosada al periodismo fue gradual pero sostenido. A diferencia de gestiones anteriores, los periodistas no pueden transitar libremente por determinadas alas del edificio, como el Salón de los Científicos. El paso hacia el Patio de las Palmeras se corta sistemáticamente cada vez que Milei entra o sale. Funcionarios de la Casa Militar se interponen delante de las puertas vidriadas que dan a Rivadavia para impedir incluso ver los movimientos del Presidente.

Las acreditaciones se renovaron bajo un protocolo que incluyó la firma de una declaración jurada con restricciones varias y hasta un código de vestimenta —que hasta ahora no se aplicó—. Ventanas y salones que antes eran accesibles fueron tapados con papeles o vidrios opacos.

Y las conferencias de prensa del ex vocero Manuel Adorni —que se suponía era "la voz del Presidente"— se fueron espaciando progresivamente, siempre en un clima de tensión.

Lo que Milei nunca hizo y sí hizo

Desde que llegó al poder, Milei no dio ni una sola conferencia de prensa. Cero. Es un dato que no tiene comparación en la historia reciente de la democracia argentina, donde hasta los presidentes con relaciones más tensas con los medios aceptaban de vez en cuando el formato de preguntas abiertas.

Lo que sí hizo es aparecer en programas de streaming, radio y televisión, en su mayoría afines al oficialismo, donde el intercambio está controlado y las preguntas incómodas brillan por su ausencia. Y, paradójicamente para alguien que los ataca a diario, publicó columnas de opinión en LA NACION, Clarín e Infobae: los mismos medios a cuyos periodistas insulta en X con regularidad.

El punto de vista que el debate entre "libertad de prensa sí o no" suele omitir

La relación de Milei con el periodismo genera dos tipos de reacciones en el debate público: los que ven en sus ataques una amenaza real a la libertad de prensa, y los que los interpretan como una forma legítima de cuestionar a un sector que también tiene sus propios problemas de credibilidad e intereses.

Ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. El periodismo argentino tiene deudas propias que no conviene ignorar. Pero eso no justifica ni explica lo que está ocurriendo en Balcarce 50: un presidente que en dos años no enfrentó una sola rueda de prensa libre, que usa la quita de acreditaciones como castigo colectivo y que convirtió los insultos a periodistas en política de Estado, no está ejerciendo un legítimo cuestionamiento al poder mediático. Está construyendo un muro entre el Gobierno y la información pública que, a la larga, le hace daño a la democracia antes que a cualquier periodista en particular.

El último precedente comparable —el cierre de la Casa Rosada a la prensa— fue en los días posteriores al 24 de marzo de 1976. Ese dato, solo ese dato, debería bastar para que la discusión sobre este tema sea más seria de lo que suele ser.